Entrevista a Magdalena León, economista e investigadora.

El cuidado de la vida también es economía.

En el marco de la semana del amor y la amistad, una fecha utilizada para afianzar los estereotipos de género en función del mercado, conversamos con Magdalena León, sobre temas como el enfoque de “inclusión” a la mujer que plantea el capitalismo, y sobre el por qué debemos considerar las labores de cuidado como parte del sistema económico. 

Magdalena León es economista e investigadora, coordinadora de la Red de Mujeres Transformando la Economía (REMTE) y del Grupo Nacional sobre la Deuda de Ecuador, presidenta de la Fundación de Estudios, Acción y Participación Social (FEDAEPS) y es integrante del grupo de trabajo “Feminismo y Cambio en América Latina y El Caribe”. Actualmente forma parte del Comité organizador del Foro Social Mundial de Economías Transformadoras.

 
El feminismo se propone transformar la vida, generar relaciones igualitarias y equitativas entre los seres humanos en su diversidad. Transformar la vida también implica transformar la economía, en este sentido ¿cuáles son – para tí- las líneas de planteos y propuestas fundamentales de los movimientos de mujeres latinoamericanos y caribeño?

 

La vida, como sistema integral y como categoría analítica, remite a dimensiones materiales y relacionales, a su vez eje de la economía. Atravesamos una etapa del neoliberalismo caracterizada por la agudización del conocido como conflicto capital-vida, es decir el predominio de formas de  acumulación y concentración a expensas del control depredatorio de las condiciones de vida del planeta y los seres humanos como parte de él.  Esto amenaza la continuidad del propio capitalismo, la insostenibilidad es ya una realidad palpable.

De ahí que hasta desde los mismos núcleos de ‘los más ricos’ se levanten voces para plantear la urgencia de introducir ‘reformas’ que aluden tanto a los aspectos financieros -centrales en el esquema ‘financiarizado’ prevaleciente-, como a los referidos a matrices de producción, consumo y, de manera novedosa, de la reproducción y los cuidados. Cobrar más impuestos a los ricos, asegurar provisión pública de salud, educación y cuidado de menores y personas dependientes, aparecen cada vez más en los llamados de atención emitidos desde diversos actores del sistema e instituciones asociadas a sus intereses (que van desde el FMI y el Foro de Davos hasta grupos ad hoc de dueños del capital). Las alusiones a la participación laboral de las mujeres como clave para el crecimiento y el objetivo de cerrar brechas de género también se hacen presentes en estos discursos y agendas. Son desde luego, en general, planteamientos en función del mercado y no de la vida, en los que prima una visión instrumental de las mujeres, no un auténtico compromiso con los derechos y la igualdad.

En este contexto, en el movimiento de mujeres de ALC se ha ampliado y fortalecido el espacio de la economía feminista, con una perspectiva de crítica al capitalismo, de interpretación y denuncia de las implicaciones del neoliberalismo, de visibilidad y revalorización de dinámicas económicas protagonizadas por mujeres, y de propuesta de alternativas orientadas a la sostenibilidad de la vida. Son alternativas en clave de lo propio, arraigadas en experiencias y principios que dan cuenta de las posibilidades de cambio, que son el fundamento de una economía diferente

De algún modo

Se  ha tornado más clara la diferencia entre un enfoque de ‘inclusión’ al sistema -que hoy estaría expresado en los postulados de empoderamiento económico atado al capitalismo, en el perfil de la agenda de género del FMI, -, y un enfoque de transformación que pone en evidencia al capitalismo como el problema, las desigualdades e injusticias de género como uno de los pilares del capitalismo. Este enfoque transformador identifica y revaloriza actividades y relaciones económicas basadas en otros principios como la solidaridad y la reciprodidad, en una lógica del cuidado, de reproducción ampliada de la vida, proyecta como inseparables en términos económicos la producción y la reproducción.

El marco de las experiencias progresistas de este siglo, que nacieron de la contestación al neoliberalismo, ha generado un importante acervo de propuestas que priorizan la vida y los derechos –incluidos los de la naturaleza- por sobre el capital. Visiones estratégicas de cambio, políticas de corto y mediano plazo, caminos para la transición hacia sociedades del Buen Vivir fueron adelantadas con aportes feministas, y constituyen hoy un ‘piso’ para proseguir en la búsqueda de transformaciones.

 

Has trabajado e insistido en la idea de la vida como eje y categoría central de la economía, y en el “cuidado humano” como expresión del Buen Vivir. ¿Cuáles son las realidades actuales del cuidado humano en nuestras sociedades y cuáles los desafíos a considerar?

 

En el enfoque alternativas como las que se plasman en el Buen Vivir, los cuidados desbordaron su asociación sólo con la vida humana para ver su vínculo con toda forma de vida. Todo proceso de la naturaleza conlleva cuidados, y en la relación entre los seres humanos y sus entornos sólo desde una visión de cuidados se puede explicar y asegurar la sostenibilidad de la vida.

Desde esta perspectiva, los cuidados humanos son parte de procesos de producción – reproducción, de esa unidad indisociable en términos materiales y sociales. La atención de las necesidades contingentes de las personas –siempre interdependientes-  se vincula directamente con las condiciones  y decisiones clave sobre qué y cómo se produce, cómo se organizan tiempos, espacios, trabajos en general.

No es posible ver los cuidados sólo como unas horas de trabajo en los hogares, cumpliendo unas tareas en general grises y rutinarias. En las condiciones de crisis permanente que afrontan buena parte de nuestras poblaciones, asegurar que en el día a día se atiendan las necesidades humanas básicas puede ser mucho más complejo en términos de los espacios y recursos involucrados. Más aún, no se puede hablar de cuidados sin producción. Consideremos la producción de alimentos básicos, hoy por hoy materia de disputa y cooptación por parte de las grandes corporaciones. Ese ha sido un nicho de presencia femenina, la pequeña agricultura, la agricultura familiar, el comercio y servicios de escala pequeña y mediana asociados a este ámbito. La captura empresarial corporativa de la cadena de producción, comercio y servicios de alimentación guarda directa relación con el cuidado humano, pero también con el cuidado de la naturaleza. Esa captura corporativa supone una eliminación de formas de organizar la producción y el trabajo, la reconfiguración de la propiedad (concentración), la ruptura de dinámicas locales de movilización de recursos para la subsistencia, las formas de acceso al consumo, entre otros. Se produce un doble impacto en el desplazamiento de las mujeres en tanto productoras con importantes grados de autonomía, y en la modificación de espacios de vida que con frecuencia empujan a la migración. Todo esto fue considerado en su momento cuando desde el campo surgió la visión de Soberanía Alimentaria.

Los cuidados constituyen flujos materiales y relacionales que atraviesan todos los ámbitos. Para que fluyan los procesos de cuidado son indispensables condiciones que van desde el acceso a bienes básicos como agua, hasta las dimensiones simbólicas de su prioridad y valorización.

En la actualidad se observan dificultades exacerbadas por la precarización, el empobrecimiento, el despojo, la violencia, el cambio climático. Los desafios actualizan y amplian las agendas pre existentes, sometidas a avances y retrocesos en su cumplimiento. Se mantienen como pilares los servicios públicos universales, las condiciones favorables para inicativas comunitarias, y el estratégico cambio en la división sexual del trabajo.

Esa agenda debe ser integrada hoy a una más amplia de reorganización de procesos de producción – reproducción. Se trata de actuar de cara a procesos ya en curso en esta fase del capitalismo por efecto de los nuevos fenómenos de financiarización, cambio climático y economía digital, etre otros. El propio capital se replantea, de cara a su permanencia, asuntos como el riesgo sistémico, las formas de propiedad, los modelos energéticos, las modalidades de consumo. Muchos referentes se están moviendo, nuestras agendas alternativas deben tomar la delantera a esos cambios.

 

Las mujeres han sido y son las grandes sostenedoras y cuidadoras de la vida, en la familia y en la sociedad en general. Este trabajo ha sido invisible, o poco reconocido, se descarga allí el gestionar lo necesario para la vida. El trabajo de las mujeres es utilizado como si fuera un recurso inagotable. Cuáles serían líneas y estrategias para avanzar hacia una situación más equitativa y corresponsable? ¿Qué tipo de políticas públicas específicas pueden impulsar los Estados para avanzar en la generación de esas relaciones igualitarias y equitativas y en la promoción de la corresponsabilidad?

 

Algunos hitos se han marcado ya como fruto de la lucha feminista y también de las condiciones que marca el actual conflicto capital – vida. El cerco de la invisibilidad ha cedido gracias a las sostenidas acciones de análisis y denuncia, de propuesta de políticas públicas y de iniciativas colectivas para encarar los cuidados desde otra perspectiva, sin injusticias y deigualdades. La misma noción de ‘trabajo no remunerado’ (definición en negativo) se torna cada vez más una de ‘trabajo de cuidados’, podemos hablar ya de economía del cuidado, de sistemas de cuidados, ampliando la mirada más allá de una visión sectorial atada a ‘lo social’.

De su lado, la evidencia de una ‘crisis de cuidados’ como una de las dimensiones de la actual crisis sistémica, ha llevado a ubicar el tema en todas las agendas, incluso las de organismos y entornos que cuidan los intereses del capital. Puede decirse que hay una suerte de consensos respecto de políticas básicas: dotación de servicios públicos de cuidado humano, adaptación de jornadas laborales y modelos de protección, resdistribución de tareas entre mujeres y hombres en los hogares y comunidades, etc. Son sin embargo consensos frágiles y contradictorios, socavados por acuerdos e intereses económicos que precarizan constantemente las condiciones de vida y trabajo. Las medidas y políticas identificadas chocan con realidades de austeridad neoliberal, de ataque a lo público, a sus competencias y recursos. Con la captura de mercado de la provisión de bienes y servicios ligados a los cuidados –por supuesto de modo segmentado o excluyente-.

 

Con la persistencia de una desvalorización simbólica de los cuidados como actividad no sólo indispensable sino que construye economía y sociedad. Los cuidados aún se ven como un mal necesario, como un obstáculo a la automía o similares. Está pendiente un gran salto hacia economías y sociedades del cuidado, a salir de las visiones sectoriales y residuales del cuidado para ubicarlo, como corresponde, en el centro mismo de una transformación civilizatoria que permita la restauración y la continudidad de la vida.

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